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Artículos de prensa "La ambigüedad de la analogía" En este fin de siecle se aparece un aire de pesimismo por las costas del Pacífico Sur. Entre temor y esperanza macabra de que se podría evaporar la carrera de éxito en la que parecía verse envuelto el país. El caso de Pinochet ha vuelto a centrar la política del país en el 11 de septiembre. Hacerlo así tiene perspectivas imprevisibles. También emerge un nuevo conflicto, el de las etnias indígenas o semiindígenas que en parte responde a trizaduras profundas de la historia; a las modas agitadas desde EE.UU. y Europa. Hemos presenciado el incidentado último mensaje del Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Este panorama invita a comparar el ambiente de polarización que se vivió hace treinta años. Los dos últimos años del gobierno del Presidente Eduardo Frei Montalva parecían, a sus contemporáneos, un momento de tránsito hacia una esperanza o hacia una catástrofe. La conclusión era que el presente de entonces no valía la pena, sólo se hablaba de “cambiar el sistema”, aunque con resultados paradójicos. Pero la situación de fines de los 60 no era desesperanzada, ni el país se encontraba verdaderamente en una crisis, solo se requería de algunas correcciones importantes. Los gobiernos no pueden hacer más, salvo que se crea en la utopía totalitaria. El presidente Frei Montalva se vio tentado de dar un golpe de timón, cuando nombraba a Raúl Sáez como ministro de hacienda en 1968. Pero la presión política cercaba a la moneda. Con las interminables promesas de los años 60, se abrió la caja de pandora de los sueños imposibles de cumplir. Sáez renuncia al mes; un fuerte contingente del partido de Gobierno se separa y no se pone a la izquierda del mismo, ¡se va a la extrema izquierda! Cada uno partía a su casa que estaba “fuera del sistema”, en todos los frentes. Hasta que asumen el poder los que veían su hogar en la “construcción del socialismo”, porque hacia allá marchaba el mundo; esto era “científico”. Así pasó lo que pasó. Al finalizar los 90, no estamos en ningún comienzo del fin, ni mucho menos. Pero, parafraseando a Winston Churchill, quizás al fin del comienzo: del “contrato social” que trajo paz política y un visible mejoramiento material a fines de los 80, del optimismo que ha ayudado a cambiar algunas caras del país. Existen tendencias disgregadoras, pero que no necesariamente responden esencialmente a las atribuciones de un gobierno, como el desencanto y la marginalidad cultural por una especie de autismo de una parte de la población. Los líderes pueden, en cambio, ofrecer algo, creer en lo que hacen. Pero muchos se encogen al defender sus políticas diciendo: “Es el sistema”. No es manera de gobernar. Queda un amplio margen a la acción pública que dinamice a la parte del país que siempre será “una minoría creadora”, quedan reformas que se pueden discutir, pero que hay que tantear. Patriotismo también es tener alguna fe en la relación cotidiana del hombre privado con el espacio público. Si se pierde este vínculo, sobreviene “la guerra de todos contra todos”. *Joaquín Fermandois es profesor de Historia Contemporánea del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Artículo publicado en el diario La Tercera el 26/05/1999
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