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Artículos
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"¿El
viaje recobrado?"
Joaquin Fermandois*
Paul
Fussell (Abroad, 1980) ha colocado al viaje como experiencia de un momento
histórico, que se desarrolló entre la era de las exploraciones
y la época del turismo, la actual. Es la era de las masas que
se movilizan a instancias de impulsos de adiestramientos automáticos.
El viajero quería conocer un lugar, un espacio que tenía
historia y personalidad; el viaje - en un tiempo, el "Grand Tour"- era
casi un rito de crecimiento. En la era industrial, el viaje ha devenido
en turismo. El viajero nunca terminaba de arribar; el turista ostenta
la marca nihilista de quién arriba a todas partes y afirma con
síntesis asegura conocer este o aquel (seudo) lugar. El viajero
descubría en cada lugar una personalidad única; el turista,
bajo la consigna resbaladiza de la "diferencia", quiere ver en todas
partes lo mismo, sólo que con una sensación, básicamente
mecánica, más intensa. El turista viaja a todas partes,
que es una sola parte, aquella que es homogénea a escala planetaria.
El viajero tenía una tarea, que implicaba algo de trabajo, que
era aprender, conversar sobre la experiencia, y muchas veces escribir
sobre ella; de ahí salió un género literario, el
de los diarios de viaje.
Escabullida la era de los viajes por la extrema comunicación
física que se da en el mundo, ¿es posible recuperar la
experiencia misma del viaje? Sería lo que quiere transmitirnos
Alain de Botton (El arte de viajar, Ed. Taurus, 2002), sin hacerlo demasiado
explícito. Se refiere a sus propios viajes, con diferentes compañeras
a las que no nombra, y los paisajes en principio desalentadores que
encuentra. Su respuesta es colocar a poetas, escritores y pintores como
testigos de un lugar, de un paisaje con historia y personalidad. La
virtud del libro reside en que el lector interesado va a aprender de,
entre otros, Baudelaire, Wordsworth, Hopper, Flaubert o Van Gogh. Para
el primero, "los verdaderos viajeros son aquellos que parten por partir".
Eliot dijo que el poeta francés inventó un nuevo género
de nostalgia romántica, la de las partidas, de las salas de espera.
En Wordsworth se aprecia la sensibilidad por un paisaje local; la relación
de Van Gogh con Arles no queda tan bien reproducida. El libro adolece
de una irritante autorreferencia por parte del autor. Algunas de sus
observaciones son poco creíbles. Al escuchar una disertación
sobre Van Gogh, su recuerdo se habría visto "turbado" por una
"máxima incisiva" de Pascal ("¡Qué vanidad la de
la pintura, que atrae la admiración por el parecido de cosas
cuyos originales no se admiran!"). Suena artificial, petulante, pletórico
de lugares comunes entregados con aire autocongratulatorio, como si
fuera un oráculo, según lo caracterizó Michiko
Kakutani en el NYT. Esto es agravado por la editorial que emprendió
la traducción, al haberle agregado en español el subtítulo,
"Cómo ser más feliz viajando", expresión de terapia
de oropel.
Existe una ya creciente literatura acerca de este tema, que quizás
el autor ha sospechado, pero no confiesa que su reflexión no
es nueva. De todas maneras, a través de los escritores y artistas
que presenta, el lector podrá sospechar cuál debe ser
la experiencia verdadera que se puede adoptar, si se cree que se puede
recuperar la esencia del viaje. El libro está enriquecido por
fotos de paisajes y lugares, sabiamente reproducidas en blanco y negro,
la verdadera fotografía; en cambio, quizás razones económicas
impidieron que las pinturas lo estuvieran en colores.
Los paisajes de Visión de Provenza (Seix Barral, 1999), están
en colores, casi lo único que vale la pena criticar a Lawrence
Durrell, el afamado autor de El cuarteto de Alejandría. No exactamente
una joya literaria, el libro es una animada introducción a una
manera de mirar un lugar, y de experimentar el viaje todavía
posible, con los cafés y los vinos, los olivos y las ruinas romanas.
Provenza, donde como muchos ingleses, el autor se instaló en
los últimas tres décadas de su vida, es uno de los paisajes
más admirados de Europa, y uno de los lugares que más
poderosamente desafía a la imaginación moderna. No es
algo nuevo, ya que su historia viene de los fenicios, los griegos y
los romanos, entre otros muchos. Densidad cultural, espesura del drama
histórico y la transparencia del aire, como símbolo de
un paisaje humano provisto de alma, constituyen este escenario. Entre
otros bienes, Provenza "inventó" el amor. Durrell nos introduce
a sus rostros y a las múltiples capas históricas que cubren
su suelo. Tantas, que por momentos sus digresiones nos arrancan de la
misma Provenza, como las largas reproducciones de Suetonio sobre la
trayectoria del cónsul romano, Mario. A cada momento el autor
recuerda la némesis, las autopistas, las refinerías, el
turismo. "El corazón de Provenza sigue latiendo, pero no sin
agobio, entre estas dos grandes opciones que hacen la vida más
urbana y menos rural. Está naciendo un cosmopolitismo nuevo y
artificial". La misma Gabriela Mistral, nombre con el que Lucila Godoy
rindió homenaje al provenzal Jean Mistral, decía al volver
a Chile en 1930, "mandé a la costa provenzal el saludo de los
que somos un poco o bastante suyos".
Quien crea que mirar un paisaje con esta visión, sólo
es posible en lugares intensamente provistos de historia y de recuerdos,
que se vuelva a nuestro Luis Oyarzún y su Diario íntimo
(1995), testimonio de dos décadas de historia de Chile (1950-1972),
y que asimismo da cuenta de su paso por Provenza. Tras el prisma del
dolor por la fealdad y el barbarismo con que los chilenos envilecen
muchas veces su tierra, en Luis Oyarzún el paisaje se transfigura
con la mirada pensante, atenta a la belleza y al significado.
*Joaquín
Fermandois es profesor del Instituto de Historia de la Universidad Católica
de Chile.
**Artículo
publicado en El Mercurio el 01/02/2003
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