| TEXTOS DIGITALES |
Portada | Instituto | Estudiantes | Investigación | Extensión | Publicaciones | Textos Digitales | Fortaleciendo vínculos | Noticias |
|
- Reseñas
|
Artículos de prensa "Chile y el mundo en la historia reciente: el caso Pinochet"
Arropada en un estricto lenguaje jurídico, los law lord han entregado su decisión. Esta es fundamentalmente una manifestación política. Sin liberar al senador Pinochet de ninguno de sus cargos, en términos legales lo limitan de una manera en la que puede valer lo mismo para el gobierno inglés en Irlanda del Norte. El Chile de Allende y Pinochet ha sido una suerte de “referente” para la imaginería política de la Europa contemporánea. Allende fue la utopía lejana, que naturalmente no se quería realizar cerca de casa. Pinochet, por imagen y realidad, pasó a encarnar la antiutopía. De ahí que se le haya escogido como piedra de toque para mostrar, tanto en la izquierda como en la derecha, la “corrección política”. También el juicio se desarrolla en medio de controversias acerca de una reforma que recortaría drásticamente lo que les queda de poder a los lords. Este juicio “mixto” tiene mucho de arrojar la bomba de tiempo a las manos de un gobierno con el que se está en pugna. Se podría decir que el caso Pinochet se inscribe dentro de una tendencia mundial que llevaría a que el derecho, aliado de las grandes potencias democráticas, evitaría excesos al interior de sociedades convulsionadas. Hay que mostrar una cuota de escepticismo ante esta posibilidad. En Nüremberg, cuyos juicios, mayoritariamente, no se pueden objetar, estaba presidido por los soviéticos, que habían cometido su propio genocidio. La China de Mao desató con el “Gran Salto hacia delante” (1958) uno de los genocidios mayores de la segunda post guerra. En este último año se ha hablado de enjuiciar a los líderes supervivientes del khmer Rouge en Camboya. En los años en que ellos efectuaron su genocidio se realizó una investigación formal de la ONU sobre el caso chileno, pero hubo silencio absoluto acerca de lo que sucedía en ese país asiático. Se podría hacer una larguísima lista. Esta culmina con la matanza genocida en Ruanda en 1994. Al momento de escribir estas líneas, se intenta proteger a la minoría albanesa en Yugoslavia (aunque no a la minoría serbia de Kosovo), pero hubo silencio “realista” (y realista sin comillas) frente al ataque ruso a Chechenia en 1995, un caso fundamentalmente análogo. Si pensamos en todo esto podemos ver que el castigo a posteriori a algunos dictadores, ya desprovistos de poder, señalados con el dedo de la atención de las modas políticas, no es, en sí mismo, un elemento que nos permita ser optimista acerca de la evolución de los derechos humanos. Chile es sencillamente un chivo expiatorio por la espectacularidad de Allende y Pinochet. Este último, la antiutopía enmascarada en frios anteojos oscuros, de acuerdo a una famosa foto del 18 de septiembre de 1973, es el blanco fácil de una demostración de alarde moral: no es parte del proceso de consolidación política de los derechos humanos. Chile es un “casero” que demanda pocos “gastos de representación”. Hay que excluir de esto, naturalmente, a quienes estuvieron directamente implicados como víctimas o sus parientes o allegados inmediatos, y a las organizaciones e instancias no gubernamentales, que han mantenido una actitud universal de vigilancia, por poquísimas que lo hayan sido. Una sociedad plural debe tener muchas voces, y alguién tiene que levantar esa voz, aunque no siempre tenga una traducción política que podríamos considerar sensata. Por último, la visión del mundo es también la visión del mismo Chile. Nuestra historia del siglo XX ha sido una traducción “a la chilena” de tendencias mundiales. Las decisiones de 1970 y de 1973, como la pacificación de 1988/1990 (se nos olvida) ardientemente deseada entonces, fueron posibles porque los chilenos leyeron su propia realidad de acuerdo a los grandes patrones de la evolución mundial. La “utopía” nos llevaba a desear modelos en los cuales instituciones como la Dina era el pan de cada día, sin excepción, y algunos de los cuales han cometido los genocidios más terribles. Claro, dicen, “no se sabía”. Esto lo podrían decir todos. La “antiutopía”, el gobierno militar, dio un golpe de timón y preparó al país para el mundo del siglo XXI, pero tuvo un tremendo yerro moral y por momentos escogió una versión de la guerra fría que lo condenaba a la vulnerabilidad. Después sus adversarios aprendieron más del mundo, y las circunstancias forzaron y posibilitaron el acuerdo de fines de los ’80. El mismo que el mundo europeo quiere ahora incendiar, mientras antes lo había alabado. Se trata de un caso de crecimiento en la civilización política, por imperfecto que sea en no poco de sus detalles. Existe un realismo, vinculado a la moral, aunque no sean simétricos, sin el cual no se puede establecer una civilización política. Este es el caso de Chile de los ’90. El peligro abierto por el “caso Pinochet”, por la actitud moralista europea y por la imprudencia del personaje, es que el futuro se nos presente de acuerdo a dos probabilidades que se necesiten mutuamente: en épocas de normalidad y prosperidad, el 11 de septiembre y gran parte del gobierno militar parecerán como manifestaciones incomprensibles: en épocas de crisis, incertidumbre y desmoronamiento, una parte considerable del país, quizás mayoritaria, va a implorar que un Pinochet se haga cargo del buque. * Joaquín Fermandois es profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. ** Artículo publicado en el diario La Tercera el 26/03/1999 Portada
© 1996-2007 Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica
de Chile |