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Artículos de prensa

"Nacionalismo y globalización.
Un desafío futuro"

   Joaquín Fermandois*

El nacionalismo, en cuanto ideología, ha sido una persuasión de alcance global. Es parte de la planetarización del mundo moderno. Esto último, por lo demás, no es un fenómeno nuevo en la historia; la expansión alejandrina y romana son algunos ejemplos de influencia cultural y político en todos los niveles. Pero la conformación del Estado nacional moderno es inseparable del nacionalismo al momento de entender a cada cultura política; nacionalismo y globalización, entendidos como intercomunicación e interdependencia material y cultural, son fenómenos individuales pero con alto grado de vinculación entre si.

Pero el problema se nos aparece con una semblanza diferente cuando pensamos al nacionalismo como "patriotismo", o como identificación con una tradición cultural anclada en una sociedad. Aquí hablamos de nacionalismo como una cultura política y cívica que hace de "cemento de la sociedad". En este sentido la globalización, que requiere una forma de vida cada vez más homogénea, puede ser percibida y puede ser una amenaza real a la supervivencia de la "conciencia nacional" y su propia imagen histórica. Esta no condensa únicamente una lectura del pasado, sino que es una forma de crear vínculos morales para debatir y elegir las alternativas ante los desafíos de construir el futuro, que a cada instante se nos aparece ante nuestra conciencia. La "planetarización del mundo" hace más vulnerable el tejido de las tradiciones y de la diversidad, palabra esta última de la que se abusa hasta la saciedad. Una sociedad es casi siempre un conjunto de grupos. El cambio global, lo consideremos bueno o malo, puede apelar de manera diferente a cada uno de ellos, afectando la cohesión del conjunto. Pero esta posibilidad abre tanto a un peligro como a una ventana de luz para apreciar lo propio.

Como en tantas partes del mundo, el conservadurismo chileno ha tenido muchos rostros. Generalmente estuvo asociado a tendencia de "derecha". En el terreno material y económico, su orientación tuvo un matiz que hoy día podríamos llamar "antiglobalizador", en el siglo XX en su matiz hispanista, y en su versión tradicionalista, religiosa o no, y en la modalidad autoritaria, que veces se confundían entre sí. Como "derecha", en cambio, afirmaba siempre las virtudes de la economía mundial de mercado ("capitalismo"), aunque desconfiaba de las recetas "instantáneas" que venían de las democracias industriales. En los años sesenta y setenta, hubo una gradual convergencia, que en gran parte se debió a las circunstancias de la Unidad Popular y del gobierno militar. En parte porque se iría adoptando la versión "norteamericana" de conservadurismo económico, que destaca la aceptación casi irrestricta del liberalismo clásico en materias económicas y de orden social.

En términos económicos, la izquierda post-marxista (o neo-marxista) ha adoptado una versión relativamente conservadora acerca de la globalización, esto es de rechazo al aspecto "planetario" de la economía. La "nueva izquierda", o "renovada" en Chile, ha aceptado a veces con mala conciencia, otras veces con la fe del converso la globalización económica intensificada de los años ochenta y noventa. Los sectores conservadores, por su estrecha identificación con el gobierno militar, efectuaron una síntesis entre particularismo (político) y apoyo incondicional a la inserción abierta del país en la economía mundial de mercado, a la que con cierto simplismo se la denomina muchas veces "globalización". Se ha abrazado la democracia, pero se mira con desconfianza la tendencia hacia la limitación de soberanía que ella, racional o irracionalmente, conlleva.

Respuesta posible a la modernidad
Así vistas las cosas, parece que hay dos campos en donde un conservadurismo ampliamente entendido, puede desempeñar un papel ante la transformación de la globalización, como fenómeno que va más allá de la economía y que también tiene rasgos contradictorios entre sí. Por una parte, la misma universalización de los debates políticos y de valores (familia, apoyos sociales, grado de vigencia de derechos humanos,...), da un campo de debate de ideas para que, desde una perspectiva a la vez conservadora y liberal, puedan depurarse tomas de posición ante las políticas concretas.

Por otro lado, nadie nace en una sociedad global sin más, salvo pequeñas capas cosmopolitas, altamente privilegiadas, que numéricamente siempre serán insignificantes; incluso como privilegio es cuestionable. Para la humanidad, la pertenencia más decisiva para ver lo que cada hombre y cada mujer serán en la vida, es el vínculo fundamental con una sociedad. No por casualidad, a fines del siglo XX, en vez de disminuir las sociedades nacionales, éstas han aumentado. La planetarización lleva consigo una mayor intensidad en la pregunta de, "¿a dónde pertenezco?" Una interacción exitosa con la realidad global sólo se da a partir de una sociedad determinada, segura de sí misma. Como ha señalado Claudio Véliz, un país como Chile sólo se salva a partir de sí mismo por el capital que tiene en su propia historia. Es aquí donde una perspectiva conservadora - que, desde la segunda mitad del siglo XX debe incluir elementos del moderno liberalismo- , puede contribuir a la madurez de una sociedad por medio de una enseñanza que filtre qué es posible introducir; de qué es necesario disponer; qué es inevitable asumir; qué es bueno, o menos malo para vivir. El conservadurismo es más vital cuando hace de puente entre experiencias de diferente tiempo histórico, sin encerrarse en el inmovilismo de un pasado que deviene en utopía; sin entregarse al vértigo despersonalizador del cambio sin fin, enmascarado con el antifaz de la moda. De manera inseparable, tanto el "anacronismo" como la apertura a lo nuevo constituyen la modernidad. El conservadurismo es una respuesta posible ante los dilemas de la misma.

*Joaquín Fermandois es profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

**Artículo publicado en el Diario El Mercurio el 12/11/2000.

 


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