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Artículos de prensa

"¿Existe en Chile censura previa a los libros?"

Cristián Gazmuri*

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define censura en nueve formas distintas, pero la última es la que corresponde a lo que normalmente entendemos por el término: "Examen y aprobación que anticipadamente hace el censor gubernativo de ciertos escritos antes de darse a la imprenta".

No agrega el diccionario -no es su función- que la censura en forma de la definición que vimos es un acto abusivo, generalmente inmoral y, en el mundo moderno al menos, inútil. Un libro, material audiovisual o de cualquier otro tipo, sometidos a censura, hoy pueden difundirse de incontables formas, de modo que finalmente siempre llega al público lector o espectador, el que lo recibe y mira o lee con mucho mayor interés, justamente por tratarse de algo censurado. Muchos escritos que intrínsecamente no valen nada han despertado inusitado interés por haber sido censurados. Aunque este no es el caso de todos ellos, obras maestras han sido censuradas frecuentemente en el transcurso de la historia. Galileo fue sometido a censura. Jan Hus fue quemado por sus opiniones. Los nazis hacían piras con los libros de Sigmund Freud y Thomas Mann, los que ciertamente no habrían necesitado de ese favor para ser leídos, disfrutados y estudiados por decenas de miles de personas, porque se difundieron por su país miles de casetes con las palabras del Ayatollah Khomeini. En definitiva, censurar es como tratar de tapar el sol con el dedo.

En Chile hubo un caso de censura muy bullado hace ya varias décadas, cuando la familia gobernante quiso impedir la publicación de una biografía presidencial hecha por Ricardo Donoso, entre otras cosas porque probaba documentalmente que el primero del apellido había llegado a Chile en calidad de inmigrante "artista o titiritero". Pero el gran historiador Donoso publicó su apasionado libro en México. En el presente no falta en cualquier biblioteca medianamente buena y constituye una pieza imprescindible para cualquier estudioso del siglo XX chileno.

Pero vamos a personalidad del censor. Se puede ser censor por muchas razones. Algunas comprensibles, por ejemplo, censor de cine que impide que niños tengan acceso a material visual que se supone no está al alcance de personas "con criterio formado", claro que es el mismo censor el que decide quiénes son éstos.

Pero existe otro censor, el que prohíbe lo que simplemente no le agrada, creyendo que esa es una forma de impedir que se conozca. Peca al hacerlo de soberbia y estulticia. Por lo general es un resentido, un personaje de segunda fila que se venga en otros por su propia falta de éxito. Este es el, censor de opereta, pero que curiosamente se da en la realidad. ¿Qué hacer con este espécimen? Burlarlo. Es la persona que está pidiendo ser burlado y ser objeto de burla.

Sin embargo, aún este último tipo de personas suele tener poder, transitorio al menos. Actúa en la sombra y se escuda o camufla tras personajes de fachada; susurra palabras al oído de los poderosos, los halaga, los convence de la necesidad de impedir que se conozca esto o aquello aunque sea verdad, en circunstancias que sus motivos suelen no tener nada que ver con principios o valores, sino que responden generalmente a odios personales, mezquindades, pequeñeces. No hace verdaderamente daño a la larga, como no sea a él mismo o, frecuentemente, a quien pretende servir o proteger, que es el normalmente el que paga la cuenta de las acciones de su "defensor". Pero en el corto plazo puede y suele ser un ser dañino y peligroso.

Una sociedad sana debe terminar con esta suerte de sacristanes. Debe terminar con la censura. El único que debe, no censurar sino criticar y con legitimidad, es el lector de un libro o el espectador de una obra de cualquier tipo, ese mismo a quien el censor cree un minusválido intelectual, incapaz de juzgar y distinguir por sí mismo lo bueno de lo malo, lo cierto de lo falso; ese que necesita ser "protegido" de la verdad.

Si una obra es mala, débil, mentirosa, recibirá su castigo en esa instancia, que es la que corresponde, la de la crítica. Pero para que haya crítica sobre algo, ese algo debe, antes que nada, conocerse, sustraerse a los oficios del censor.
 

*Cristián Gazmuri es profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

**Artículo publicado en el diario La Tercera el 30/10/1999.


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