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"NI MANDAR TODO NI OBEDECER A NADIE". 1807: JUAN EGAÑA Y EL DISCURSO SOBRE EL AMOR DE LA PATRIA
Artículo publicado en Artes y Letras El Mercurio, Domingo 9 de septiembre de 2007 (http://diarioelmercurio.com/2007/artes_y_letras)
IVAN JAKSIC
Universidad Católica de Chile y Universidad de Stanford.
Cuando Juan Egaña redactó su discurso sobre el amor de la patria para presentarlo a sus colegas de la Universidad de San Felipe, aquel año 1807 ya había deparado grandes sorpresas al mundo. La corte imperial portuguesa había huido despavorida ante la presencia de las tropas de Napoleón, dejando el país a su merced e instalándose en Brasil; Francisco de Miranda había arrancado a Trinidad luego de su fracasada invasión a Venezuela; el gobierno inglés, además de trasladar a sus aliados portugueses en buques de la armada, decretaba el fin de la trata de esclavos, y en Alemania Hegel publicaba su Fenomenología del espíritu. En Chile nacía Vicente Pérez Rosales y Carmen Arriagada.
1807 es también el año de la segunda invasión inglesa al Río de la Plata, que significó un tremendo remezón, y muy comprensible, para los virreinatos, reinos y provincias del imperio español en América. Ante la posibilidad de una intervención en Chile, el Cabildo de Santiago encargó los informes necesarios para organizar la defensa del país. El informe de Judas Tadeo Reyes no era muy esperanzador. Y con razón, ya que la capital del reino contaba con apenas "cinco cañones y dos mil quinientos fusiles" de dudosa efectividad, para no hablar de milicianos sin ninguna experiencia de combate. Sin embargo, los preparativos del campamento de Las Lomas fueron trascendentales a pesar de los cortos meses de su existencia. Allí actuó Tomás O'Higgins como sargento mayor y a su lado se encontraba Francisco Antonio Pinto, entonces ayudante mayor del Regimiento del Rey. De aquí surgiría no solamente el ejército patriota, sino también un sentido de patriotismo en el que se vislumbra una futura independencia.
El dicurso "patriótico"
En la tarde del 9 de octubre, Juan Egaña estaba con licencia médica, de modo que su discurso ante los académicos de la Universidad de San Felipe fue leído por su hijo Mariano, de apenas 14 años de edad pero con mejor voz que la de su padre (después, y por la misma razón, Juan Egaña pediría a José Tomás Argomedo que leyera su discurso de recepción a Francisco Antonio García Carrasco como nuevo gobernador y vice-patrono de la universidad). Sin embargo, el original estilo del profesor de retórica resonó con particular fuerza, quizás por la relevancia del momento histórico que inquietaba a los chilenos. Es magistral su apertura: "La convulsión general de la tierra ha tocado hasta sus extremidades, y esta bella porción del globo, que era la mansión de la paz y del sosiego, se ve igualmente agitada con las turbaciones de Europa". Las agitaciones a las que se refiere son claramente aquellas precipitadas por la política continental de Napoleón, que pronto precipitaría el colapso del imperio español, pero también hace responsable a "una nación ambiciosa", Inglaterra, que "ha tratado de turbar el sosiego de nuestros vecinos, y aun amenaza nuestros países". Ante tales circunstancias, Egaña hace un llamado al amor de la patria, como también del gobierno, "que es la fuerza más inexpugnable para triunfar de todas las agresiones enemigas".
Chile, como tantas otras latitudes del continente, no se encontraba entonces ni a corto plazo en una recta final hacia la independencia. Esta surgió de debates y divisiones internas, de la crisis imperial, y de la posterior política de Fernando VII, cuya actitud vengativa radicalizó las posturas de los criollos. Pero en 1807, ante la amenaza napoleónica y el espectro de una intervención inglesa, los hispanoamericanos adoptaron una conducta de apoyo al gobierno español y luego lo asumieron en su nombre. Chile no era extraño a esta dinámica, y en Egaña encontramos una de sus más nítidas expresiones. El "Discurso", es realmente el elogio de una España que protege a Chile de los peligros, proporciona tranquilidad y una vida pacífica que aumenta "su población, su industria y los recursos de su felicidad".
Se trata, pues, de afianzar al gobierno español para proteger a Chile de los males externos, pero Egaña aprovecha la oportunidad para denunciar una serie de males internos. Denuncia, por ejemplo, la "indolencia" de quienes son indiferentes a la patria y no les importan los desafíos que debe enfrentar el gobierno, como también el egoísmo de poner al individuo por sobre el Estado no sólo en momentos de crisis, sino que como actitud generalizada. Denuncia, sobre todo, el "orgullo de corazón" de quienes quieren o "mandar todo, o no obedecer a nadie", ya que el conjunto de estas conductas sólo generan "un gran reino sin patria, y una gran población sin ciudadanos". La referencia ineludible es al imperio romano en su momento cercano al colapso.
Al mismo tiempo, más allá del panegírico a las bondades del gobierno español en América, hay elementos en el discurso que anuncian un ambicioso programa republicano, cuyos gérmenes de independencia florecen durante la Patria Vieja, y que no podrían sino entrar en pugna con el reestablecimiento de la monarquía, de la que Egaña mismo sería una de las primeras víctimas durante el período de la reconquista. Ya en 1807, con su "Discurso", el autor bosqueja una especie de ser y deber-ser del pueblo chileno, que caracteriza como aquel en el que "el juicio tiene más influencia que la imaginación" y que por ende lo hace "menos expuesto al capricho de las novedades" y más
"amante de sus leyes y sus superiores". Algo así afirmarán más tarde Andrés Bello y Diego Portales, apelando el uno al apego de los chilenos a sus instituciones, y el otro a la vigencia del apabullante "peso de la noche".
Pero Egaña tiene ideas republicanas en mente cuando caracteriza a Chile como un conjunto de "ciudadanos sensatos" y menciona los rasgos de su deber-ser: la virtud y el mérito como fuentes de legitimidad, autoridad y convivencia ciudadana. Todo hombre de bien, explica, "contento con desempeñar el ministerio que puso la patria a su cargo, no hace crecer su autoridad sino por el nivel de su mérito". La ambición del ciudadano no es el obtener recompensas por sus servicios, sino que anhelar y buscar el reconocimiento público. Valora también la "opinión", aunque ésta debe estar contenida "en los límites de la jerarquía y de sus luces". Todos estos temas serán desarrollados más tarde en sus obras y funciones públicas.
Tímido y enfermizo
Juan Egaña nació en Lima en 1768 y se trasladó a Chile en 1789. En Santiago casó con doña Victoria Fabres, con quien tuvo cuatro hijos, incluyendo a Mariano Egaña (1793-1846), su compañero de prisión en Juan Fernández. Aparte de la entrañable relación de ambos, quizás una de las más notables relaciones filiales del siglo XIX, sabemos poco de sus rasgos más personales. Es don Alfonso Bulnes el que nos da una idea bastante cercana, corroborada por otras fuentes: "Era don Juan un enfermizo y un tímido, y llevó una vida retraída aun en medio de la acción. Se quejaba de su vista miope, de fiebres frecuentes, de fluxiones, de su estómago siempre, del reumatismo; perdió el cabello temprano, como lo prueban sus encargos de pelucas". A su miopía se refiere su hijo Mariano desde Londres en 1825: "Yo he comprado una colección de todas clases, para suplir este defecto". Andrés Bello, quien le conoció cercanamente, recordó en el momento de su fallecimiento "aquella combinación poco común de llaneza, de modesta independencia y de urbanidad; aquel fondo de luces, de noticias selectas y variadas; de amenidad y buen gusto, que hacían tan instructiva y agradable su conversación". Por diferentes testimonios es claro que además tenía el don de proyectar ideas mediante una escritura clara y elocuente.
Juan Egaña tuvo amplias oportunidades de implementar sus ideas republicanas, pero su republicanismo no está reñido con la autoridad. De hecho, su definición escueta de "amor de la patria" contiene dos elementos fundamentales: un "vivo interés por la felicidad pública" y una "deferencia a las opiniones del gobierno". Esta definición data todavía de las épocas de
la colonia, pero se aplica también a la república, puesto que la república es ahora fuente de autoridad legítima.
El papel de Juan Egaña en la Patria Vieja y en la república temprana es ampliamente conocido, sin embargo, fue en esa tarde de 1807, si bien mediante la voz prestada de su hijo Mariano, que Juan Egaña tuvo su primer gran momento, cuando planteó ideas que hablaban directamente a su tiempo y que pasarían a ser parte fundamental del ideario de la república.