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Artículos de prensa

DEL PÚLPITO AL ESCAÑO: JOSÉ IGNACIO CIENFUEGOS, OBISPO DE CONCEPCIÓN, EN LA NACIENTE REPÚBLICA CHILENA

LUCRECIA ENRÍQUEZ
Universidad Católica de Chile y Universidad de Stanford.

Aquel año de 1807 transcurría tranquilo en la ciudad de Talca. Su cura párroco, Don José Ignacio Cienfuegos, era una figura querida y respetada. Había construido la iglesia parroquial, una casa de ejercicios espirituales y servía en la parroquia como párroco desde hacía veinte años, aunque desde 1787 colaboraba en la atención de la feligresía. Talca, fundada el 17 de febrero de 1742 por el  gobernador José Antonio Manso de Velasco, había ascendido en 1796 al rango de ciudad.

Pocos años antes, a la casa del portugués Don Juan Albano Pereira, importante comerciante de la zona, había arribado un niño de cinco años, Bernardo Riquelme remitido por su padre,  para que Don Juan “cuidara de su crianza, educación y doctrina correspondiente”, como reza su acta de bautismo. Su padre era nada más y nada menos que el Maestre de Campo General del Reino de Chile y Coronel de los reales ejércitos de Su Majestad, don Ambrosio Higgins. En Talca el cura Pedro Pablo de la Carrera lo había bautizado y la familia de Don Juan Albano lo recibió como un hijo. Aunque pocos años después Bernardo fue enviado por su padre a estudiar a Chillán, no olvidó los vínculos qu el tiempo mostrará que hizo en su infancia.  La ciudad de Talca, su tutor Juan Albano Pereira, el hijo de éste Casimiro y José IgnacioCienfuegos reaparecerán en su vida cuando siendo Director Supremo proclame el 18 de febrero de 1818 la independencia de Chile, y de los primeros pasos hacia el establecimiento definitivo de la República de Chile.

Pero esto era un porvenir impensable en 1807. Chile formaba parte de una Monarquía que se extendía por Europa, América y Asia y, aunque ya se percibían en ella signos inquietantes, no se pensaba en su derrumbe hasta que apareció en escena Napoleón Bonaparte. En 1808 los ejércitos franceses invadieron España y, en un confuso y lamentable incidente en la ciudad de Bayona, Napoleón le arrebató la Corona de España a la Casa de Borbón y nombró a su hermano José como Rey de España y Emperador de América. De un plumazo, la Monarquía española tambaleó. Dos años después América se sumaría a la resistencia española y surgirían como en España, juntas de gobierno, trayendo un abanico de ideales nuevos de soberanía, representación, derechos… En la península, ante la formación de juntas en Quito y el Alto Perú ya en 1808, habían formado una Junta Central en la ciudad de Sevilla a la que se incorporaron diputados americanos. Siguió a este organismo el Consejo de Regencia, desconocido como autoridad monárquica y cabeza del imperio. Pero esto no fue sólo una revolución que conmovió las altas esferas del poder. A partir de 1810 la vida de los americanos cambió irreversiblemente hasta en sus aspectos más cotidianos.

También en Chile se formó una Junta Gubernativa el 18 de septiembre en Santiago. En cada ciudad se le juró fidelidad. En Talca el párroco Cienfuegos celebró la misa de acción de gracias por su establecimiento. A la junta siguió el congreso nacional, compuesto por diputados representativos de todo Chile. Los vecinos de Talca votaron como su representante al cura Cienfuegos, pero éste no aceptó la designación. Sin embargo, a través de los diputados de Talca, impulsó la presentación de una moción audaz en el congreso que muestra las preocupaciones que lo aquejaban como cura con muchos feligreses en el campo y lo que esperaba del cambio político. En aquella época se debían pagar aranceles por la recepción de los sacramentos. Los más pobres, por no tener dinero, argumentaba Cienfuegos, quedaban sin recibirlos o tenían vender lo poco que tenían para pagarlos. La propuesta del cura de Talca, controvertida, fue aceptada y el congreso aprobó la abolición de los derechos de estola o parroquiales.

Una sucesión de ejecutivos fugaces terminaron en el golpe de fuerza de José Miguel Carrera en 1811. La provincia de Concepción había formado una Junta, opuesta a la de Santiago. La controversia movilizó los ejércitos, y en 1812 llegó a Talca José Miguel Carrera, por Santiago, y Juan Martínez de Rozas, caudillo de Concepción. Carrera entró en contacto con Cienfuegos y su amigo Casimiro Albano, que ejercía su ministerio en el hospital de Talca y había introducido la vacuna contra la viruela. Gracias a las negociaciones de Casimiro Albano, la disputa se resolvió sin derramamiento de sangre, y concluyó con el desplazamiento de Martínez de Rozas, quien deja como su heredero político en Concepción a Bernardo O’Higgins. Carrera se convierte en la cabeza y el líder de la revolución chilena. Los acontecimientos posteriores mostrarán que este primer contacto directo entre Cienfuegos y Carrera fue fundamental.

Desde la óptica realista, Chile se encaminaba a la independencia. El virrey del Perú envió entonces un ejército a recuperar este territorio en 1813. Había llegado la hora de las definiciones políticas. Las fuerzas patriotas se concentraron en Talca y contaron con el apoyo de Cienfuegos y Casimiro Albano, que contaban con varios seguidores, frente a la frialdad con que fueron recibidas por el cabildo local, moderado. Desde Concepción llegó también Bernardo O’Higgins a incrementar el ejército patriota. Los primeros enfrentamientos no fueron decisivos y a Junta de Gobierno entregó el mando del ejército a Bernardo O’Higgins. Nuevamente los caminos de Cienfuegos se cruzaron con los de O’Higgins. Mientras éste ocupaba el máximo cargo militar, Cienfuegos se incorporaba a la Junta de Gobierno en Santiago, que luego se trasladó a Talca en octubre de 1813. Cuando los realistas tomaron Talca, la Junta se disolvió y Cienfuegos integró el Senado consultivo de Chile. A sus tareas políticas, suma una intensa actividad vinculada a definir la nueva situación de la Iglesia en Chile. Junto con Juan Egaña publica en 1813 una Constitución parroquial para el obispado de Santiago.

Pero no sólo le preocupan sus feligreses en el campo, también interviene activamente en un profundo cambio del sistema educativo. Junto a Juan Egaña, Manuel de Salas y otros impulsa la fusión del Seminario con el Colegio Carolino en una nueva institución, el Instituto Nacional. Allí se enseñarán física, matemáticas, dibujo, francés e inglés, derecho natural y de gentes, un cúmulo de nuevas asignaturas que apuntan a dar una formación más centrada en la ciencia que en el principio de autoridad.

Los chilenos no sólo se dividían entre realistas y patriotas, sino entre carrerista y ohigginistas. Cienfuegos fue mandado apresar por José Miguel Carrera cuando este último nuevamente se instaló en Santiago como presidente de una Junta de Gobierno en julio de 1814. Pero estas disputas tuvieron que ser postergadas ante la llegada de una nueva expedición realista al mando del general Osorio, vencedor en la batalla de Rancagua en octubre. Como muchos patriotas, Cienfuegos fue tomado prisionero y enviado a la isla de Juan Fernández. Volvió luego de la victoria de Chacabuco en 1817.

La patria estaba madura y podía dar el paso hacia la independencia. El Director Supremo Bernardo O’Higgins la declaró en Talca el 18 de febrero de 1818 y fue jurada por el ejército del sur. Cienfuegos le prestó juramento en Santiago el mismo día. Pronto sería uno de los convocados para colaborar en el establecimiento de la república luego de la independencia. Su carrera eclesiástica se desarrolló entonces de la mano de las nuevas autoridades políticas. Ingresó al cabildo eclesiástico de Santiago en 1817 y O’Higgins lo nombró Gobernador del obispado de Santiago, luego de exiliar al obispo titular Don José Santiago Rodríguez Zorrilla, reconocido realista. Cienfuegos se convertió de hecho en la máxima autoridad eclesiástica. Hombre de confianza de O’Higgins y amigo del General San Martín, fue respetado y querido por los otros eclesiásticos.

Con este cargo, Cienfuegos asumió la delicada tarea de convivir con las autoridades políticas y militares en esta etapa en que no toda la población había apoyado la causa patriota. Para recibir un cargo político o militar había que acreditar el patriotismo ante un tribunal. Muchos fueron exiliados, otros partieron antes de que se lo pedieran. La independencia se impuso y, en lo eclesiástico, le tocó esa tarea a Cienfuegos. Una y otra vez se opuso a toda condena directa o implícita de algunos eclesiásticos a la república. No dudó en ordenar a los párrocos y religiosos que debían predicar desde el púlpito el nuevo sistema patrio o en poner en ejecución órdenes de encarcelamiento o exilio a eclesiásticos realistas. Se preocupó, asimismo, de escribir un catecismo para ser usado en las escuelas de primeras letras del estado, en 1819, centrado en la idea de la libertad cristiana, fundamento de la libertad política.

La independencia de Chile se eslabonaba con la de Argentina, Venezuela, Paraguay, pronto seguirían Ecuador, Bolivia, Uruguay, Perú y México, en una cadena que desmembraba y derrumbaba la vieja Monarquía. Pero faltaba lo más difícil, el reconocimiento de los otros países. Los Estados Unidos e Inglaterra se apresuraron a reconocer las independencias y a firmar tratados de libre comercio. Las rancias monarquías europeas resistían con Fernando VII, temerosos de que los ideales republicanos socavaran sus cimientos.

También la Santa Sede estaba al lado del rey. Al principio de la conquista de América, el Papa había concedido al rey de España el privilegio del patronato de la Iglesia americana, que consistía en lo esencial en seleccionar y presentarle candidatos para las vacancias de la jerarquía eclesiástica americanas. Las juntas chilenas, sucesoras del rey y en su nombre, habían asumido este derecho. O’Higgins decidió enviar un ministro plenipotenciario ante la Santa Sede para resolver la situación. La elección recayó en Cienfuegos. Sus habilidades diplomáticas fueron puestas a prueba al máximo. La tarea, muy difícil, era expresar la adhesión del pueblo y del gobierno chileno al Papa y solicitar el envío de un representante papal a Chile para restablecer las relaciones con la Santa Sede. En definitiva se trataba de situar a la Iglesia en la República. Desde otros lugares de América se enviaron comisionados con los mismos fines. En 1822 el Papa recibió a Cienfuegos en Roma como a un simple sacerdote que pide audiencia, no como al enviado de una república independiente. De haberlo hecho, hubiera implícitamente reconocido la independencia de Chile.

Las gestiones de Cienfuegos consiguen que Roma enviara a Giovanni Muzi como Vicario Apostólico, con él vino como secretario Juan María Mastai Ferreti, el futuro Papa Pío IX. En 1824, por primera vez desde el descubrimiento de América, pisaba el suelo del nuevo continente un representante del Papa. Mucho se ha discutido sobre la actuación de Cienfuegos en Roma y ha sido acusado de perseguir sólo fines personales, pero es indudable que además de ser un excelente eclesiástico era un buen político. En Chile se contaba con él en los dos ámbitos. No sólo continuó siendo gobernador del obispado sino que fue en 1825 Presidente de la Asamblea Provincial de Santiago de Chile; Diputado por Talca y Presidente, provisorio primero y propietario después, del Congreso Nacional Constituyente de 1826; miembro de la comisión constituyente de 1826; Senador por Concepción al Congreso Nacional de Chile en 1831 y Presidente de la Cámara de Senadores el mismo año. Estos cargos son expresión de un aspecto de su personalidad que se revela en su correspondencia oficial. El Cienfuegos que volvió de Roma no era el mismo que el que se fue. Llegó más seguro de su cargo, menos sumiso con el poder político, más negociador a favor de los intereses y necesidades de la Iglesia y sus miembros.

Después de un nuevo viaje a Roma en 1828, fue nombrado por el Papa obispo de Concepción. La noticia lo sorprendió, el nombramiento era una confirmación de todo lo actuado en los tiempos de la independencia.  Gobernó aquella diócesis entre 1832 y 1837, renunciando a los 75 años.

Muchos años atrás había querido retirarse, pudo hacerlo ahora. El lector ya habrá adivinado que lo hizo en Talca, ¿dónde más? Allí había nacido en 1762, allí había trabajado veintisiete años en la parroquia, su familia entera había abrazado la causa patriota, era también la tierra donde se había decidido su futuro político y eclesiástico. Pero de descanso hubo poco. El terremoto de 1835 había terminado de derrumbar lo poco que había quedado en pie de la Iglesia parroquial de Talca después del terremoto de 1822. El hospital estaba en ruinas. Se puso manos a la obra, y dando el ejemplo, hizo las primeras donaciones para ponerlos en pie. Colaboró también con 32.000 pesos para la fundación del Instituto de Talca. El dinero provenía de donaciones hechas por su primo, el ilustre e ilustrado Abate Molina para obras de caridad. Pero Cienfuegos, aunque retirado, era un indispensable de todas las empresas importantes. En 1843 se convierte en miembro fundador correspondiente de la facultad de teología de la Universidad de Chile. Murió en Talca el 8 de noviembre de 1845, a la edad de 83 años.

 



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