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Artículos de prensa

"Valores y Cultura Democrática:
Un Largo Laberinto"
 

Sol Serrano*

Nuestra forma de convivencia moderna, basada en derechos y proyectos individuales y comunes, ha sido, por decir lo menos, a saltos. Y a saltos no sólo por las causas ideológicas que todos conocemos, sino por razones silenciosas que nosotros los historiadores, creo, hemos incorporado débilmente a nuestro debate político y cultural.

Reconozco tener sentimientos encontrados respecto de los debates sobre aquello que nos ocurre a los chilenos, sobre esta "malaise" que nos embarga. No sé cómo distinguir los pesares de esta sociedad de los de otras sociedades sometidas a fuertes procesos de modernización. No sé cómo distinguir esos pesares de los de otros períodos históricos ni de aquellos inherentes a la condición humana. Por último, la menos relevante y sin embargo la que más me confunde, no sé cómo distinguir los malestares de la sociedad chilena del malestar específico de sus intelectuales que le vaticinan día y noche cuán infeliz es, traspasándole tanta nostalgia de una historia perdida en la cual parece que ellos sí fueron felices. O la condenan desde un tribunal omnisciente donde se reparte a cada cual su culpa como si los actores, todos, tuvieran en sus manos todas las variables y todos los poderes. Lo analítico se confunde con lo prescriptivo y ya interesa más condenar que comprender.

La mirada de muchos de nuestros intelectuales hoy es quizás más enojada y rabiosa que la de quienes les precedieron, pero sin duda es una tradición de nuestraintelectualidad del siglo XX tener una mirada ácida, a veces dolorida y siempre llena de frustración sobre lo que hemos sido y somos. Esta frustración proviene, finalmente, de esta tensión entre ser partes voluntaria y obligada de una modernidad que es nuestro proyecto, y no tener las plenas destrezas para lograrlo. Esta contradicción ha sido algo así como el eje fundante de la reflexión sobre la cultura latinoamericana.

Es evidente, como lo han dicho hasta la saciedad los sociólogos, que los procesos de modernización generan una erosión de los valores tradicionales. Ahora bien, no tenemos para qué seguir a pie juntilla a tantos sociólogos que dibujaron algo así como una curva perfectamente preestablecida - muy funcionalista por lo demás- de cómo sería el itinerario de ese cambio. El tema de la religión y de la secularización quizás sea uno de los más evidentes. Pero detrás de ese aserto hay un supuesto sobre cuáles eran esos "valores tradicionales".
 

Democracia y densidad urbana.
Yo quisiera, en forma enteramente experimental, sugerir algunas dificultades específicas que hemos tenido los chilenos para internalizar la vivencia de algunos de los valores que están hoy en crisis. Pienso, principalmente, en que tanto el mercado y la democracia presuponen una sociedad de individuos libres y racionales capaces de elegir de acuerdo a sus intereses y valores. Detrás del mercado y de la democracia, antes que nada, hay un individuo. El sujeto de esta sociedad no es un grupo ni una corporación, no es un pueblo ni una villa con sus fueros. Lo es menos aún cualquier gremio con sus beneficios y monopolios. Es un individuo que busca liberarse de cualquier presión externa que coarte su libertad y su capacidad de decisión. La democracia inventa una igualdad enteramente nueva en la historia que es la de los derechos de la persona.

La construcción de nuestra modernidad política no es un eco lejano de aquello que sucedió en Francia en 1789. Muy por el contrario, forma parte de ese mismo universo cultural, aunque con particularidades hispanas y americanas.

Las formas en que esta idea de igualdad - la de una sociedad de individuos nacidos libres y voluntariamente asociados que era la nación moderna- se encarnó en un ideario común fue larga, desigual y tremendamente compleja. En todas partes ese fue un concepto inicialmente de las elites ilustradas y burguesas que fue penetrando, junto con la cultura escrita, en los distintos sectores sociales: primero los ricos, más tarde los pobres, primero la ciudad, después el campo, antes los artesanos que los campesinos, los últimos siempre en entrar a cualquier banquete. Ello, porque el concepto moderno de ciudadanía presuponía la ciudad; presuponía la cultura escrita, como lo entendieron las primeras constituciones en todo el mundo occidental, y un "espacio público" de debate y confrontación de ideas y de intereses.

La construcción de la democracia es inseparable de todo ese "soporte comunicacional" como lo llamaríamos hoy, de la cultura escrita que significa la internalización de un cierto pensamiento crítico, de un cierto dominio de la razón y, por tanto, de una forma de vivir los valores ya no sólo como tradición, sino también como proyecto. Allí está la clave: los valores como proyecto.

Entonces la historia de nuestra democracia, quiero sugerir, es la historia de nuestras ideas políticas, de nuestras instituciones, es la historia de nuestros partidos como sociabilidades esenciales en la conducción política de la ideología, es nuestra historia electoral, en fin, todas las variables clásicas de la historia política, pero es también nuestra historia demográfica y, más importante aún, la historia de cómo nos asentamos en el territorio, de cómo fuimos ciudad, caserío, villorrio, pueblo y villa. La historia de nuestra congregación.

Mientras se formaba nuestro Estado republicano a lo largo del siglo XIX, Chile era un país abrumadoramente rural. En 1865 el 28,5% de la población vivía en la ciudad y el 71,4 en el campo. De esta enorme mayoría que vivía en el campo, no sabemos con exactitud cuántos vivían en aglomeraciones menores de 2.000 habitantes que era lo que el censo consideraba urbano, pero todos los testimonios indican que eran los menos. Esa población era rural en serio, vivía desperdigada en la hacienda o en los lotes aledaños. La mayoría de la población no vivía congregada. Chile era un territorio inmenso con una población pequeña cuya economía minera y agraria, poco intensiva en mano de obra, no favorecía la formación de ciudades.

En 1854 la densidad de la población era increíble: 1,9 habitante por kilómetros cuadrado, considerando que en ese entonces el desierto de Atacama no era chileno. Ese mismo año el 13,5% de la población era alfabeta. Y de esa población de casi un millón y medio de habitantes, no votaba en las elecciones sino alrededor del 3% y menos.

De allí partimos construyendo nuestra democracia. Mucho se ha hablado últimamente del mito de nuestra historia democrática. El punto, si queremos además de destruir los mitos comprenderlos, es que su surgimiento no es arbitrario. Nace en realidad de una tradición institucional que sí ha sido especialmente sólida y fuerte en relación al resto de los países de la región (hasta las dictaduras en este país han tenido que ser institucionales). Hay en el mito, de construcción finalmente liberal, una confusión entre solidez institucional e historia democrática. No es lo mismo, pero algo tiene que ver.

Es evidente que la democracia fue un camino muy, muy lento e imperfecto desde la perspectiva de su normativa ideal. Lo fue, por lo demás, en todas partes del mundo. El Chile del siglo XIX no era - en cuanto a sus instituciones representativas se refiere- menos democrático que muchos otros países de Europa. La diferencia estaba en esta estructura cultural-demográfica en la cual su asentamiento era particularmente difícil.

Desde esta perspectiva - y desde muchas otras- la historia de nuestra democracia está indisolublemente ligada a la historia de nuestras instituciones. Para mirar a este Chile de mediados del siglo XIX es necesario subirse al anca, literalmente, de dos personajes cruciales que nos van mostrando este mapa: el visitador de escuelas, que va viendo no sólo cómo éstas funcionan, sino dónde podrían fundarse nuevas, y el arzobispo de Santiago, en este caso Rafael Valentín Valdivieso, que recorre su diócesis desde el Choapa hasta el Maule revisando sus parroquias.

Es allí donde aparece con toda su fuerza dramática la soledad del territorio como muralla de un proyecto cultural. La misma dificultad que había tenido la Iglesia para evangelizar la tenía ahora la República. ¿Cómo cohesionar a estas personas que vivían a leguas de distancia entre ellas en torno a una escuela o a una iglesia parroquial? Los párrocos relatan que muchos de sus feligreses no recibían los sacramentos más que una vez al año, si es que, cuando las misiones llegaban a los interiores. Los profesores relatan cómo los niños van unos pocos meses a la escuela cuando el estado de los caminos con las lluvias se lo permiten y sobre todo cuando sus padres no los están ocupando en las labores agrícolas. En las escuelas casi no hay textos para enseñar a leer. Más sorprendente aún, en las parroquias - he visto con mis ojos miles de inventarios- no hay misales romanos o los hay muy pocos. ¿Dónde estaba entonces la cultura escrita? En las ciudades y no sólo en sus clases dirigentes, progresivamente lo estaría también en sus artesanos. Ese era el "pueblo" que participaba de la democracia.

Son las instituciones las que lentamente van rompiendo esta inexorable distancia del territorio. Es la escuela y sus textos de estudio, es el correo que se acelera con el ferrocarril, es el telégrafo que en Chile, lo mismo que las vías férreas, usa miles de miles de kilómetros de cables y de rieles, porque esta soledad era además tan larga.

Las cifras crecen por cierto, pero sintomáticamente las electorales son las más lentas. No es casualidad, entonces, que cuando éstas crecen de verdad, todo se derrumba. Cabían pocos finalmente en este andamiaje tan precario. Digamos sólo las cifras claves: en 1940 dejamos de ser mayoritariamente rurales con el 47,5% de la población que catalogaba como tal. Pero todos sabemos la forma en que dejamos de serlo, con el crecimiento desmesurado de Santiago.

Poblamos mucho más el territorio, es cierto. En 1930 nuestra densidad era de 5,7 habitantes por km y en 1992 era de 19,1. Lo que es hoy la Región Metropolitana tenía en 1930 una densidad de 22,6 y en 1996 de 373,8. En 1940 la población analfabeta en Chile había disminuido al 27,1%. Pero en las elecciones presidenciales de 1942 sólo el 8,8% de la población votaba, o dicho de otra forma, el 49% de la población potencial estaba inscrita en los registros electorales. La curva habla por sí sola. El salto se da, como en todo, en los mágicos años 60: en las elecciones parlamentarias de 1961 estaba inscrito el 47,8% de la población potencial y en las presidenciales de 1964 el 71,0%. Para el plebiscito de 1988 estaba el 100%.
 

Ritmos de la cultura democrática
Creo que este brochazo nos sugiere que nuestra forma de convivencia moderna, basada en derechos y proyectos individuales y comunes, ha sido, por decir lo menos, a saltos. Y a saltos no sólo por las razones ideológicas que todos conocemos, sino por estas razones silenciosas que nosotros los historiadores, creo, hemos incorporado débilmente a nuestro debate político y cultural.

Aprendimos a convivir urbanamente como mayorías no sólo en forma muy tardía, sino abrupta. Pasamos del campo profundo a la población marginal sin alcanzar a vivir en pueblo ni a aprender a escribir. Y aquí en la ciudad nos acompañó y nos enseñó la radio antes que la escuela o la prensa escrita. Seguimos siendo, finalmente, una cultura oral y de allí saltamos a la audiovisual y electrónica con un débil paso por la cultura escrita. Ello, entre tantas otras razones, le dio debilidad a la construcción de lo que elegantemente se llama "espacio público" que es la ciudad como espacio mental y físico, que es la nueva comunidad abstracta y basada en derechos que genera la cultura escrita, base de la soberanía popular y de la cultura democrática.

En síntesis, quiero sugerir esta dimensión - una entre muchas, sólo que menos presente- para comprender por qué la sociedad chilena ha sido tan autoritaria y clasista, tan poco diversificada, tan homogénea y centralizada en sus núcleos de poder.

Desde esta mirada larga sobre la formación de algunos valores que tiene que ver con los ritmos en la creación de una cultura democrática, me permito creer que nuestra democracia es relativamente nueva y que este tiempo tecnológico, comunicacional, económico y político, tan denostado por los intelectuales, puede ser una oportunidad - manejado con racionalidad ética y dominio de la razón- una tremenda oportunidad para democratizar las fuentes de poder, para vencer las distancias, para apropiarnos de otra forma de nuestro territorio y concebir de otra manera la ciudad, para construir una diversidad que le dé equilibrio a esta sociedad que, mucho más de lo que nunca lo fue México en toda su historia, ha tenido que vencer un largo laberinto de soledad.

*Sol Serrano es doctora en historia, profesora de la Universidad Católica de Chile.

**Artículo publicado en el diario El Mercurio el 05/09/1999.


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