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Artículos
de prensa “El bicentenario de la independencia: ¿1808 o 1810?"
En plenos preparativos para los festejos del Bicentenario patrio puede parece extemporáneo quitarle parte de su protagonismo a ese acto fundador de soberanía chilena emprendido por la Primera Junta de Gobierno en l810. Sin embargo, nunca está de más situar las fiestas en su contexto original. Talvez para festejar mejor! En este caso, tiene sentido recordar que la Junta que presidió Mateo de Toro y Zambrano no estaba inspirada estrictamente en la idea de independencia, ni de rechazo a la monarquía, sino más bien en el ejercicio de la soberanía política en representación de su rey cautivo. Desde esa perspectiva, aunque la república rondara en la cabeza de muchos de los miembros de la clase dirigente chilena, 1810 no es un acto de ruptura política, ya que respetó el nexo jurídico con el rey, y solo declaró la autonomía como una reacción a los eventos que se sucedían en Europa, especialmente a la invasión napoleónica a España. Entre quienes han intentado situar las Independencias americanas en su contexto espacial y político, el historiador francés Francois-Xavier Guerra (desde su: Modernidad e Independencias: Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, l992) ha sido fundamental. El sostuvo que la fecha decisiva para estos procesos fue l808, a causa de las “abdicaciones” de Bayona (Fernando VII abdicó primero a favor de su padre Carlos IV y éste en Napoléon) presionadas por la invasión francesa. Según él, el período que va de los levantamientos peninsulares de la primavera de l808 a la disolución de la Junta Central en enero de l8l0, marca tanto la clave para filiar el encuentro americano con la Modernidad, como el inicio de los procesos independentistas. En apenas dos años, entre l808 y l8l0, los países americanos pasaron de un patriotismo hispánico unánime y una adhesión incontestada a la Madre Patria a la toma de decisiones políticas autónomas. Por lo tanto, las Juntas americanas no se habrían convocado como un acto de repudio a la Madre Patria, sino, al menos inicialmente, las autonomías habrían sido el resultado de su lealtad a la monarquía hispana. Podría decirse, entonces, que es en este 2008 que se conmemora el bicentenario verdaderamente representativo para el cambio político en América? A riesgo de cuestionar uno de los hitos históricos más representativos de la identidad política chilena, parece acertado reflexionar sobre los momentos culminantes en las historias nacionales a fin de no forzar cronologías que impiden ver los procesos en todo su desarrollo. Por el contrario, la proximidad de los aniversarios es una ocasión para detenerse: para contemplar ese instante como un encuentro entre pasado y presente, restándole su elemento de ruptura. En este caso, el establecimiento de la Primera Junta de Gobierno en Chile, fue detonado por eventos concretos, como la incertidumbre que provocaban en América las guerras en España, pero también fue el resultado de la familiarización de las personas con ideas y visiones del mundo que permitieron a los actores políticos plantearse un nuevo orden de cosas. Esa conjunción entre ideas y crisis hizo surgir como alternativa, para España y América, los principios difundidos por la Ilustración, y que caracterizan la llamada Modernidad política. Al contemplar el vacío que dejaba el descabezamiento de la monarquía, se hizo imperativo para las clases dirigentes americanas apelar a nuevas formas de legitimidad política que rellenasen ese espacio. La discusión en torno a la libertad y la igualdad; a los derechos del ciudadano y al rol del Estado; al lugar de las creencias religiosas y de la Iglesia se instalaron cuando desde España, en l808, se abrió el espacio de posibilidad para su enunciación. Y ello se relaciona en una medida importante con el surgimiento de una incipiente opinión pública donde se pudo discutir maneras diferentes de concebir el cuerpo social. Ese proceso, considerado sintéticamente el advenimiento de la Modernidad, es el que hace posible plantearse las ideas de la Ilustración, prestigiadas gracias a la Independencia de los Estados Unidos y luego por la Revolución Francesa (dentro de poco ésta provocaría más bien temor y rechazo por sus excesos), las cuales aportaban el canon de reemplazo con postulados inéditos como la soberanía del pueblo y la representación. Como gran novedad, estas ideas pueden adquirir viabilidad por su posibilidad de circulación a través de las nuevas formas de sociabilidad y de nuevos medios como, por ejemplo, la panfletería y la prensa. A partir de l808 comienzan a sucederse en España juntas insurreccionales inspiradas en el rechazo al desprecio francés por la legitimidad monárquica y su anticlericalismo. El debate público que se dio en esos años abrió un espacio por donde, a causa de la crisis, la pregunta en la península por la soberanía del reino se transfiere a América como la pregunta por la soberanía del pueblo y su representación. Allí surge la gran mutación del sistema de referencias que abriría la puerta a la Independencia americana. Habría surgido el problema de la nación, y con él la discusión en torno a su origen, a quienes la constituyen, a si es depositaria de la soberanía, y, en ese caso, ¿de qué soberanía? Habría surgido, en definitiva, el problema de la igualdad y de la libertad para los americanos. El olvido de estos años cruciales en la historia de Chile se relaciona justamente con la necesidad de reforzar el sentido nacional, para dar consistencia, especialmente después del establecimiento de la república, al nuevo Estado. Con este fin, el corte del cordón umbilical con la Madre Patria y el énfasis en la historia patria se convertían en un “rito de pasaje” al mundo moderno. No obstante, el estudio sobre la Independencia y sus consecuencias debe retrotraerse también al proceso que se desencadena en l808, justamente por lo intempestivo, y por el caos que detonó en una América mal preparada para instalarse y comunicarse a través del lenguaje de la modernidad. En definitiva, incapaz aún de enfrentar lo que Elías Palti define como “el tiempo de la política” (El Tiempo de la Política: el siglo XIX reconsiderado, 2007) que caracteriza al siglo XIX; ese momento en que la política emerge tiñendo todos los aspectos de la existencia social, entre ellos, el uso y las definiciones del lenguaje político. En consecuencia, en l808 se inaugura no solamente la posibilidad de la Independencia, sino una gran tensión que seguirá vigente durante todo el siglo XIX, de la cual l8l0 es solamente un hito, y que no se resuelve con el establecimiento definitivo de la república en l8l8. Se trata no solamente del conflicto que implica reaccionar como parte de la comunidad política del reino ante el invasor, sino de reformular su pertenencia y su futuro político, lo cual se desencadena simultáneamente. Es el momento en que las ideas requieren ser actualizadas y nombradas para designar nuevas experiencias. Surge, por lo tanto, la exigencia de naturalizar una serie de conceptos que no han sido acuñados para la realidad americana. Un ejemplo es la idea del poder constituyente que enfrenta a los actores políticos con un problema clave, prácticamente sin salida. Como se lee en la Declaración de los Derechos del Pueblo de Chile que redactó Juan Egaña para el Congreso de l811, “Chile forma una nación con los pueblos españoles…” Sin embargo, también “… se halla en el caso de formar una constitución que establezca… su gobierno”. En España, la idea de la preexistencia de la nación era el dato a partir del cual se levantaba el edificio constitucional, por ejemplo, de la Constitución de Cádiz, y la premisa de la cual los poderes representativos tomaban su legitimidad. Sin embargo, en Chile, como lo muestra el texto citado, el orden político explicitado en su Constitución, se crea simultáneamente con la entidad a la que debe representar: la nación. Este conflicto es representantivo del problema que perdurará durante gran parte del siglo XIX en la historia de Chile, y que apunta al desfase entre ideas y lenguaje, que se manifestó también en el desfase entre teorías y prácticas políticas, lo cual permite sostener que la historia político-intelectual del siglo XIX no es sino la de los diversos modos de confrontar las paradojas y contradicciones constitutivas de la política, y que se hacen evidentes desde l808. Lo que puede parecer menor no lo es si tomamos en cuenta que buena parte de nuestros mitos historiográficos surgen justamente de ese desfase. El republicanismo, fue sinónimo de liberalismo? O mejor, ¿existió un liberalismo chileno durante el siglo XIX, si el individuo no fue el referente fundamental para la definición del sujeto político? Si la república se fundó, por ejemplo, sobre el predominio del bien común de la sociedad por sobre los derechos del individuo, de lo cual la llamada república portaliana es una excelente muestra, ¿tiene sentido en ese contexto oponer a liberales y conservadores? Estas preguntas, aparentemente gatilladas en l8l0 por la “Independencia” de Chile, surgieron en realidad con los hechos que desencadenaron su formulación. En l808, cuando los peninsulares debieron apelar a aparatos conceptuales que justificaran su rechazo al invasor, los criollos chilenos fueron impulsados a un recorrido que en el siglo XIX tuvo hitos tan importantes como l8l0: el establecimiento de la república en l8l8; la Constitución de l833; las reformas constitucionales de l874; las leyes laicas de l883 y l884; la revolución de l891, por nombrar algunos.
*Ana María Stuven es profesora del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile.
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