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Experiencia de Intercambio

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Experiencia de Intercambio University College London, Gran Bretaña. 2007.

Verónica Luco
Estudiante de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile

22:30 sola en el aeropuerto de Londres. Se había atrasado el vuelo y mi alojamiento no me recibía a esa hora.

Ahí le tomé el peso a la decisión que había tomado hacía un año atrás. Aunque las ganas de irme de intercambio las tenía desde que entré a la UC.  Los seis meses en una ciudad con gente extraña eran un riesgo. Pero esa noche en el aeropuerto conocí a Michelle, una londinense que me ofreció alojamiento por esa noche y desde entonces fue una amiga. Y en adelante nada podría haber resultado de mejor manera.

Y es que el intercambio es enriquecedor en muchísimos sentidos. Uno va dispuesto a aprender, ya sea en el ámbito académico, amistades, lugares, culturas, historias, situaciones diferentes y de uno mismo.  El riesgo es claro, pero también el sentido de aventura.

Siempre quise irme a Gran Bretaña o a Irlanda para mejorar mi inglés. Y Europa parecía un sueño. Me fijé que la University College London (UCL) tenía convenio especial con el Instituto de Historia acá. Vi que como universidad, estaba dentro de los primeros lugares en el ranking mundial. Además, significaría vivir en Londres, estimulante de por sí con su diversidad cultural, energía y variedad de actividades. No me arrepiento para nada de la decisión.

La Universidad es buenísima. Está en el centro de la ciudad y se honra a sí misma por ser una “Universidad global”, y es verdad. Por los pasillos circulaba gente de todos los continentes. Y las clases, sobre todo las del departamento de Historia, eran apasionantes, de primer nivel. De verdad era imposible distraerse. Eran profesores muy activos, de vanguardia, que proponían nuevas visiones. Además, todo el cuerpo docente se desvivía por los alumnos, pendientes de su experiencia académica y personal.

Me exigían tomar al menos dos cursos en el Departamento de Historia. Así es que me metí a Historia del Pensamiento Político. No es el tema que más me gusta, pero todo el mundo me recomendaba al profesor. Y las alabanzas se confirmaron, por lo que el curso terminó siendo uno de mis favoritos. También tomé un seminario sobre la vida cotidiana en las dictaduras europeas del siglo XX.

Ambos cursos fueron excelentes. El sistema era un tanto distinto a lo que estamos acostumbrados en la UC. El de pensamiento político funcionaba con “lectures”, donde el profesor daba su clase, por ejemplo sobre Marx, y esa misma semana teníamos una “class” donde el profesor se reunía con una parte del curso, de 6 ó7, para discutir algunas fuentes referidas al autor estudiado esa semana. El profesor no presionaba, sino que guiaba la conversación. Y muy pocas veces se producían silencios. Nunca se sentía la distancia de grados con el profesor. Uno podría pensar que, con la cantidad de doctorados encima, podrían ser soberbios, pero me impresionó lo cercanos que eran y lo dispuestos que estaban a escuchar y ofrecer toda su ayuda.

Para el seminario, nos reuníamos las 10 personas del curso con la profesora. Nos daban un texto que leer para cada sesión y lo discutíamos entre tres personas para después presentarlo ante los demás.

Las evaluaciones eran con ensayos. Daban un tema y uno buscaba la bibliografía para lo cual estaba disponible la espectacular biblioteca de la UCL, la de las otras universidades, y la británica. Todas impresionantes en su variedad y cantidad de fuentes al alcance. No había ayudantes, sino que el profesor era el encargado de corregir. Y devolvía personalmente los ensayos, junto con una hoja completa de comentarios. Además, cada alumno tiene un profesor tutor, que se encarga de seguirlo, ofrecerle ayuda. Una vez en el semestre tutor y alumno nos reuníamos. Averiguaba a fondo cómo se estaban dando los estudios, para comentar los trabajos y evaluaciones.

En resumen, el profesor se proponía establecer una relación muy horizontal, de confianza, apoyo y plena apertura. Se preocupaba de valorar cada cosa que uno hacía, celebrando los puntos buenos y aconsejando cómo mejorar los que no lo eran. Así, motivaba y guiaba en el aprendizaje.

En el Instituto están muy abiertos a convalidar como monografías todo ramo que se relacione con Historia, así que tomé uno de Arqueología y otro de Estudios Culturales Europeos. Habían muchas posibilidades de tipos de cursos y temáticas a las cuales no estamos habituados en la UC, así que aproveché aquello.

En resumen, el intercambio es una experiencia que estoy segura me marcó para el resto de mi vida. Hoy me doy cuenta de que no paré en esos seis meses. Los aproveché al máximo. Es que uno está frente a mil posibilidades de acción. Por todos lados te estimulan: la diversidad cultural, la variedad de intereses, las locuras que hay en cada cuadra, la universidad, el ambiente, las amistades, las actividades culturales, los desafíos a tus propios valores. El intercambio te abre a nuevas visiones. Y sin duda, uno cambia. Independiente de adonde uno vaya, cambiar de cultura es un desafío que no deja de ser gratificante cuando uno mira hacia atrás y vio lo que logró y aprendió.

Además, las ideas y recuerdos motivan hacia el futuro. Tras el regreso, llega la nostalgia por lo vivido, pero también el entusiasmo por aprovechar mucho más lo que tenemos acá. El miedo que sentí al llegar esa primera noche hoy lo recuerdo entre risas.

 

 


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