
Por
razones de espacio limitaremos esta presentación a los siglos XIX
y XX. Nos parece un acierto diferenciar el Chile Republicano en términos
de proyectos de sectores sociales. En el XIX y primeras décadas del
XX, el proyecto histórico de la oligarquía; y desde 1920 el
de los sectores medios. En cuanto al concepto de oligarquía, señala
que, como es sabido, se refiere a “un régimen político
y social que implica el control riguroso del poder político por parte
de una minoría que posee también el poder económico”.
Recoge algunas características oligárquicas planteadas por
el sociólogo argentino Waldo Ansaldi, entre ellas, una base social
angosta; reclutamiento cerrado de los que se nombran para desempeñar
las funciones de gobierno; exclusión de los disidentes o de la oposición;
mecanismos de lealtades familiares o grupales, para señalar algunas.
En la interpretación de De Ramón, en Chile puede hablarse
de oligarquía a partir de la tercera década del XIX; ella
fue variando en el transcurso del siglo, incorporándose hombres de
nuevas fortunas que no correspondían a familias tradicionales, como
los comerciantes extranjeros, comerciantes criollos y mineros enriquecidos.
Ellos se unieron en estrecha alianza con la antigua elite santiaguina, marcando
“el ritmo de la historia chilena por su influencia y poder, constituyendo,
pues, una oligarquía en el pleno sentido de su definición
antes transcripta”.
El programa oligárquico consultó, en primer lugar, la estructuración
del Estado bajo un orden constitucional. La Constitución de 1833
fue aprobada por una Convención compuesta por 16 diputados en ejercicio
y 20 hombres probos e ilustrados, que siguieron básicamente las ideas
propuestas por Mariano Egaña. Es decir, la Constitución fue
claramente un producto oligárquico, que excluyó de la participación
política a la inmensa mayoría de los habitantes del país.
Por cierto en el tema de la construcción estatal no podía
soslayarse la figura de Portales, cuyas ideas, de acuerdo a la historiografía
tradicional, habían dado forma a la denominada la “época
portaliana”. De Ramón plantea que los postulados del Ministro
no conformaron una ideología propiamente tal, sino ideas generales,
“casi reflexiones de sobre mesa”. Tal “ideología”
estaría sintetizada en la famosa carta de Portales a su socio Cea,
en que expresó el absurdo de pretender establecer la democracia en
los países de la América Hispana donde abundaban los vicios
y no las virtudes; las necesidades del momento imponían, en cambio,
“un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos
modelos de virtud y patriotismo”. La concepción del régimen
portaliano para De Ramón se articula en función de acciones
operativas, destacando en ellas “la formación de un equipo
de hombres muy capaces que actuaron en la política chilena hasta
mucho después de muerto el ministro y que disfrutaron y ejercieron
una gran influencia personal completando su obra”. Entre ellos figuraron
Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, los chilenos Manuel Rengifo,
Mariano Egaña, Joaquín Tocornal y en la generación
siguiente Manuel Montt y Antonio Varas. Esta idea de un grupo selecto puede
asociarse a aquellos hombres virtuosos a que aludió el Ministro.
Otro acierto de la síntesis histórica in comento, es la utilización
del método comparativo en el análisis de los procesos, conforme
al planteamiento de que no es posible entender a Chile, sin revisar lo que
ocurre y ha ocurrido en otros países de América, como los
inmediatos vecinos. En el caso argentino el ideario de Juan Bautista Alberdi
fue influenciado por la ordenación política alcanzada en el
Chile conservador; no es pues una simple coincidencia que Alberdi haya escrito
y publicado en Chile su conocida obra sobre la organización política
de la República Argentina (1852). Valorizó la solución
política chilena como la única racional en repúblicas
que poco antes habían estado bajo un régimen monárquico.
La obra de la oligarquía chilena que coincide en varios puntos con
el programa alberdiano, se sintetiza, aparte de la estructuración
estatal, en la articulación del valle central, en la cual el trazado
de vías férreas y la habilitación de puertos fueron
fundamentales para las exportaciones de trigo y harina; y en la ocupación
efectiva del territorio con el establecimiento en el estrecho de Magallanes;
la colonización con familias alemanas en los territorios de Valdivia,
Osorno y Llanquihue; y la ocupación de la Araucanía, mal llamada
“pacificación”, concorde con la también mal denominada
“conquista del desierto” en la Argentina.
La incorporación de las provincias salitreras marcó la culminación
de la obra expansionista del proyecto oligárquico, pero dentro de
este proyecto la crisis terminal del estado portaliano se produjo antes,
con la guerra civil de 1891. De Ramón cita las interpretaciones de
diversos historiadores sobre el conflicto, destacando la de Alfredo Jocelyn-Holt,
para quien la propuesta de Balmaceda era la de un cambio desde arriba, programado
y controlado, sin que ello amenazara la hegemonía de la elite. No
obstante, ésta no quería cambios, aunque éstos no significaran
poner en riesgo su dominio excluyente. La experiencia histórica,
acota De Ramón, demuestra que la derecha chilena teme a la modernización,
a los cambios. Identificado con el progresismo balmacedista, sugiere que
de haber tenido éxito ese gobierno “habría permitido
un nuevo ciclo de crecimiento cultural, social e incluso económico”.
Finalizada la guerra civil la oligarquía mantuvo y aun acrecentó
su predominio excluyente por treinta años, sin que en esos años,
como tampoco durante todo su proyecto, desarrollara una política
que atendiera a los problemas sociales (“La verdad es que la oligarquía
chilena nunca tuvo una política social estructurada como para dar
una solución a los graves problemas que sufría la población
pobre del país”). Ya a fines del XIX se denotaban síntomas
de su decadencia, manifestados en un estilo de vida trivial, en que predominaba
la conversación intrascendente, los rumores y escándalos,
las juergas, las largas y dispendiosas estadías en Europa, sobre
todo en París, y la corrupción acicateada por la necesidad
de procurarse recursos para sostener el rango.
En el extremo opuesto estaban los excluidos y despreciados, motejados despectivamente
por la clase alta: “la lepra inmensa de los barrios pobres”,
“aquella indescriptible cloaca”. De los sectores populares surgió
la inquietud y la amenaza; los trabajadores habían empezado a organizarse
para dar sus luchas reivindicativas, cuya mayor expresión en el XIX
fue la primera huelga general estallada en 1890 y que abarcó desde
Iquique hasta Concepción; siguieron otros movimientos huelguísticos,
todos ellos de carácter reivindicativo, que fueron violentamente
reprimidos. La matanza de la Escuela Santa María de Iquique se yergue
como paradigma de los intentos de reivindicación y de la represión.
Los obreros volvieron a la pampa dejando un número crecido de muertos
y haciendo vacilar al movimiento sindical.
Pero superadas las vacilaciones, recobró fuerza la organización
del proletariado que, junto con el surgimiento y desarrollo de la clase
media al amparo del crecimiento del Estado, demostraban que el proyecto
oligárquico excluyente no era sostenible. El desprecio elitario,
recurrente en nuestra historia como se aprecia en las páginas de
este libro, se expresó en contra de la clase media rebelde que cuestionó
el dominio de la oligarquía y su capacidad para dirigir el país.
Eran para la elite los “advenedizos”, los hombres “sin
lastre histórico”. Entre ellos el propio Arturo Alessandri,
no obstante su extensa trayectoria política, pero era el adversario
que había que detener y destruir en la elección presidencial
de 1920, más aún, cuando había anticipado que quería
ser una amenaza “para los espíritus reaccionarios, para los
que resisten toda reforma justa y necesaria” y se proponía
realizar un programa de reformas sociales en beneficio de la clase trabajadora.
El patriciado fue derrotado en aquella elección presidencial, sin
embargo la oposición parlamentaria consiguió impedir que se
aprobaran los proyectos de leyes sociales; como sabemos tuvo que mediar
la intervención de militares progresistas para que se despachara
un conjunto de leyes de esa índole.
Estos son antecedentes de lo que De Ramón denomina el Proyecto de
las clases medias, cuyo comienzo lo sitúa en 1938 con el triunfo
del Frente Popular. Los hombres que gobernaron Chile a partir de entonces,
lograron la democratización del país e implantar un nuevo
modelo económico en que el Estado asumió el papel protagónico.
En la entusiasta interpretación del autor, en “el período
1938-1973 existió en el país una verdadera república
donde las libertades, pero al mismo tiempo el respeto a los derechos de
las personas, pasaron a ser una realidad sentida y ejercida por todos los
sectores del país. Muchos pensamos que esta etapa constituye el período
histórico que, aunque teniendo muchos defectos y carencias, estuvo
más cerca de la definición clásica de ‘república’,
es decir, la forma de gobierno de los pueblos emanada de la plena participación
popular, supremo ideal de todos los tiempos”.
En el plano económico surgió el Estado empresario, que desarrolló
una intensa labor a través de la CORFO, modernizando al Chile tradicional
con la electrificación y la creación de empresas estatales
en sectores industriales básicos, entre otras realizaciones. La valoración
de la obra del Estado empresario se manifiesta sin ambages: “eso es
lo que constituye la obra inmensa realizada durante más de cuarenta
años y sin la cual las nuevas orientaciones económicas establecidas
desde la década de 1970 no habrían podido tener éxito”.
A pesar de los logros, subsistieron, se agudizaron y surgieron problemas
que limitaron los alcances de la labor realizada: los grupos más
modestos quedaron marginados de los beneficios del desarrollo industrial;
la inflación se hizo crónica llegando en algunos años
a porcentajes muy elevados; aunque el esquema de crecimiento económico
era “hacia adentro”, la economía chilena continuó
sosteniéndose básicamente en las exportaciones mineras; siguiendo
a Aníbal Pinto Santa Cruz, la clase media chilena no se transformó
en una nueva burguesía, porque no obstante la conquista del poder
político éste no la catapultó “para fomentar
y robustecer sus bases económicas”.
De manera que se requerían cambios más profundos en procura
de transformar la estructura social del país. Eduardo Frei M. y la
Democracia Cristiana, con la “revolución en libertad”,
iniciaron la reforma agraria y el rescate de la riqueza básica del
país, el cobre. La primera fue precedida por un débil intento
reformista en el agro efectuado por Jorge Alessandri, a impulsos de la nueva
política de la Alianza para el Progreso del gobierno de Estados Unidos.
Frei dictó una nueva ley de reforma agraria en 1967, en virtud de
la cual los propietarios podían conservar una superficie hasta de
80 hectáreas, el resto era expropiable. Se dio comienzo, además,
al proceso masivo de sindicalización campesina, largo tiempo postergado.
Frei se proponía incrementar la producción agrícola
y hacer 100.000 nuevos propietarios bajo el régimen de asentamientos
o cooperativas de pequeños propietarios; al final de su mandato se
alcanzó sólo la tercera parte de esa cantidad. En cuanto al
cobre, el gobierno de la Democracia Cristiana llevó a cabo la llamada
“chilenización” del mineral, que consistió en
la adquisición por parte del Estado del 51 % de las acciones de las
grandes minas pertenecientes a consorcios estadounidenses.
En la estructura de la obra se incluye a la Unidad Popular como el capítulo
final de la “República mesocrática”. Quizás
si hubiera sido pertinente ubicar este período, por corto que haya
sido, como una etapa aparte, puesto que no se trató de un proyecto
reformista, sino revolucionario, la “vía chilena al socialismo”,
aunque ésta tuviera características muy particulares que la
diferenciaban de las revoluciones efectuadas por la vía armada. El
propio autor enfatiza el carácter revolucionario de esa experiencia:
“Lo único revolucionario era el proyecto político de
la Unidad Popular y precisamente por eso se acarreó las iras del
Pentágono y del gobierno de Estados Unidos”. Las reformas comenzadas
por Frei, fueron intensificadas en el gobierno de Allende. En el proceso
de la reforma agraria se aceleró el ritmo de las expropiaciones;
y en el cobre, con el apoyo unánime del Congreso, se reemplazó
la “chilenización” por la completa nacionalización,
en la cual el gobierno, de acuerdo al criterio de las “ganancias excesivas”,
determinó que no correspondía pagar indemnizaciones a las
compañías norteamericanas, lo que acentuó aún
más las iras de Estados Unidos, que se habían despertado en
contra de Allende ya desde antes que triunfara en las urnas.
En las empresas, el programa de la Unidad Popular consultaba tres áreas:
la estatal, que incluía las que ya eran del Estado y las que se expropiarían
o intervendrían; el área mixta conformada por capitales del
Estado y de particulares; y el área privada compuesta por empresas
medianas y pequeñas. Sólo en el primer año de gobierno
pasaron al área estatal 167 empresas, en un claro proceso de traspaso
de los medios de producción al Estado. En la banca, mediante la adquisición
de acciones, se logró controlar 11 bancos nacionales de un total
de 23 que, incluido el Banco del Estado, permitió el control directo
de cerca del 90 % del total de las colocaciones. A la nacionalización
del cobre se sumaron las del hierro, salitre y carbón. La vía
chilena avanzaba con rapidez, sólo en dos años se habían
alcanzado las metas propuestas para seis.
Es sabido que en el primer año de gobierno de la Unidad Popular el
balance fue satisfactorio, logrando reducirse incluso el nivel de la inflación
y aumentar significativamente el PGB y los salarios reales. Pero pronto
aparecieron la escasez, el desabastecimiento, el mercado negro, los desequilibrios,
la creciente inflacionaria, que contribuirían al colapso económico.
De Ramón plantea un criterio distinto en el juicio a la conducción
económica, en el sentido de que la crítica a ésta no
puede hacerse en relación a la eficiencia, al orden y a la normalidad
en el uso de los mecanismos ejercidos por la autoridad como correspondería
a un gobierno continuista, en cambio - afirma - en un gobierno revolucionario
lo que vale es la rapidez en alcanzar los cambios profundos propuestos y,
como hemos visto, esos cambios tuvieron un ritmo mayor al esperado. Pero
ello, obviamente, hirió dramáticamente los intereses de los
sectores patronales y empresariales y del capital extranjero. Sin embargo,
en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, la Unidad Popular obtuvo
todavía el 44 % de los votos, a pesar del agudizamiento de los problemas
económicos. No obstante, ello no era suficiente para sostener al
gobierno, frente a la resuelta decisión de los gremios empresariales
de derrocar a Allende, decisión compartida y apoyada por el gobierno
de los Estados Unidos. Tampoco la incorporación de militares al gabinete
fue una medida eficaz para frenar una determinación ya tomada.
La larga huelga de los trabajadores de El Teniente, iniciada en abril de
1973; un segundo paro de los transportistas que comenzó en el mes
de julio, al que se plegaron otros gremios empresariales y profesionales
y federaciones estudiantiles; la acusación de ilegalidad del gobierno
hecha por la Cámara de Diputados; y, sumado a todo ello el apoyo
económico y de inteligencia (CIA) del gobierno de Estados Unidos
con el propósito de paralizar el país; demostraban que la
“vía chilena” al socialismo estaba en sus últimos
días. Pero el fracaso de esta experiencia no se debió sólo
a la acción de la oposición interna y externa enardecidas.
Factor muy importante fue también la disensión al interior
de la Unidad Popular, con un sector moderado liderado por el Partido Comunista,
y otro sector radicalizado conformado principalmente por socialistas, encabezado
por el Secretario General de ese Partido, Carlos Altamirano.
No podía sorprender que se produjera el golpe militar. Lo que sí
asombró fue que la dictadura se prolongara por tanto tiempo (casi
17 años) y que la represión fuese tan cruenta. Para De Ramón
estos fueron los Años Negros de nuestra historia republicana. Una
experiencia inédita en que el imperio de la ley quedó sujeto
a los arbitrios del régimen apoyado en su omnímodo poder y
que contó, además, con la obsecuencia (“aplauso”
lo llama De Ramón) del Poder Judicial. Fue una aplanadora que arrasó
con los partidos políticos y los sindicatos e intervino las universidades
anulando su autonomía por medio de los rectores delegados, cuya designación
no se debió a razones del intelecto sino se optó por oficiales
disciplinados y algunos adherentes civiles. Otro rasgo de esta experiencia
inédita fue la falta de plazos para la tarea que asumían los
militares, bajo la consigna de que lo importante eran las metas y no los
plazos.
Los juicios del autor sobre el régimen encabezado por Pinochet son
fuertes y decididos: “una arbitrariedad que causa asombro y espanto”,
“una dictadura que demostró una ferocidad terrible hacia todos
los que creía sus enemigos”. Describe una Antología
del horror expresado en asesinatos, desapariciones y torturas (problemas
aún no resueltos por la sociedad chilena), con casos tristemente
paradigmáticos como “la Caravana de la Muerte”, la creación
de la DINA, los crímenes y atentados perpetrados en el extranjero.
En la imposibilidad de encontrar una explicación racional a tanta
violencia, “sólo parece quedar como argumento la necesidad
de producir terror colectivo en la población o de generar un miedo
absoluto en el país para permitir al gobierno castrense gobernar
con la mayor tranquilidad posible”.
Ha sido generalmente destacada como logro del régimen militar, la
nueva política económica implementada por el grupo de economistas
denominados los “Chicago boys”, a la que el autor dedica pocas
páginas, no dejando de reparar en los costos sociales de tal política,
especialmente el alto nivel del desempleo. Pone de relieve, en cambio, el
papel que cupo a la Iglesia Católica en la defensa de los derechos
humanos y el largo camino para llegar al plebiscito de 1988, incluidas las
protestas populares y los acuerdos políticos de la oposición
democrática, que contribuirían al fin de la dictadura.
La obra se cierra con un Epílogo referido a los años de la
Concertación de los Partidos por la Democracia, entre 1990-2000.
No fue fácil para la nueva coalición política el ejercicio
del mando frente a los militares acostumbrados ya a detentarlo. Las demostraciones
militares, llamadas “Ejercicio de Enlace” y “Boinazo”,
realizadas para detener las investigaciones sobre negocios ilícitos
de familiares directos del general Pinochet, evidenciaban la fragilidad
de la nueva democracia. En un plano global ella se vio (y se ve) limitada
por la persistencia de la Constitución de 1980 (que De Ramón
analiza bajo el paréntesis de el surrealismo en política),
que dejó amarres autoritarios, como son, entre otros, la creación
y atribuciones del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA), en cuya composición
hay mayoría militar; y la inamovilidad de los comandantes en jefe
de las Fuerzas Armadas.
Pese a todo ello y a la existencia de problemas no resueltos, a que aludimos,
la Concertación ha logrado ir consolidando el proceso democrático.
Los juicios del autor rebosan entusiasmo: “También ha sido
un fenómeno nuevo en Chile, la creación, existencia y mantenimiento
en el poder de una combinación política tan exitosa como la
Concertación, raro ejemplo político chileno en doscientos
años”. El éxito se advierte en las políticas
económicas elaboradas y manejadas con prudencia, evitando medidas
populistas y reconociendo, a la vez, “la deuda social” en materias
como salud y educación, en las que se optó por “un enfoque
gradualista” con una expansión responsable del gasto fiscal,
con el propósito de no provocar inflación. Ésta logró
rebajarse a nivel de un dígito; el valor de las exportaciones se
duplicó entre 1990 y 1997 y el número de pobres bajó
substantivamente. Persiste sí la desigualdad en el ingreso; en este
problema Chile tiene uno de los peores registros en todo América
Latina, siendo superado sólo por Brasil y estando a la par de Guatemala.
Con todo, el mayor éxito de la Concertación ha sido la restauración
del antiguo sistema democrático chileno, tradición interrumpida
por la dictadura que se mantenía latente en el pueblo chileno. El
largo recorrido que Armando de Ramón hace por la historia de Chile,
finaliza con la satisfacción de asistir al retorno a la democracia,
a la apertura de un nuevo ciclo promisorio y esperanzador para el país.
Por cierto hacer una síntesis de la historia del país en 300
páginas, no es una tarea fácil. Creemos que De Ramón
lo ha logrado. No una síntesis de carácter fáctico,
en que se describan los hechos y procesos que han sido considerados más
relevantes, sino una síntesis interpretativa, en que a cada paso
aparece el juicio valorativo del autor. Esta obra no pretende atenerse a
la llamada “objetividad”, relatar de modo insípido los
hechos tal como fueron, que ya sabemos ha sido desechada por la actual historiografía.
Encontramos en ella, en cambio, una coherencia exegética en la perspectiva
de análisis por la que ha optado el historiador, esta es la de los
grupos sociales como protagonistas. En este aspecto se echa de menos el
análisis en algunos casos o un mayor análisis en otros, de
los sectores populares estudiados por los investigadores de la nueva historia
social chilena; también los grupos étnicos originarios, los
inmigrantes y la mujer. Debemos considerar sí que la opción
fundamental del autor ha sido la de sintetizar primordialmente la historicidad
de los grupos de poder y ciertamente los que hemos nombrado, salvo aquellos
inmigrantes que llegaron a formar parte de la elite, no lo han tenido.
Leonardo Mazzei de Grazia.
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Armando de Ramón (1927 - 2004) "Palabras
del Decano René Millar
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